Algunas de las expectativas que se abrieron la semana anterior en torno a la visita que miércoles y jueves hizo a Moscú el cardenal italiano Matteo Zuppi en misión de paz encargada por el papa Francisco, se fueron desactivando con el correr de las horas, sobre todo, porque el Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana no pudo cumplir con uno de los propósitos –no explicitado pero sí deseado- que era reunirse con el presidente Vladimir Putin. El encuentro con el mandatario habría dado una señal inequívoca de que los esfuerzos por la paz estaban dando sus frutos, aún más allá de que en diálogo no se hubieran dado pasos concretos. Nada de ello ocurrió y Zuppi apenas pudo sentarse frente a frente con el patriarca Kirill, máxima autoridad de la Iglesia Ortodoxa Rusa, el jefe religioso que viene dando –por lo menos en público- su apoyo incondicional a la actitud bélica de Rusia en Ucrania. 

Sin embargo, más allá de los hechos antes expuestos, el sacerdote Giampiero Caruso, capellán de la comunidad católica italiana y misionero desde hace 25 años en Rusia, se convirtió en inesperado vocero de lo sucedido en las conversaciones afirmando que la misión del enviado del Papa “dará frutos inesperados” y renovó su esperanza de que la guerra “no tenga la última palabra” . Todo indica que, no sin tropiezos, la misión de paz se mantiene totalmente vigente.

Quienes conocen el mundo de las relaciones internacionales y de las negociaciones muchas veces difíciles que se tejen en ese escenario siempre escabroso, saben a ciencia cierta que cuando la diplomacia vaticana se empeña en una cuestión lo hace siempre con el mayor sigilo y discreción. Si a lo anterior se agrega la gravedad de la situación bélica que viven actualmente Rusia y Ucrania la reserva sobre los pasos dados se redobla, y muy particularmente si quien conduce el proceso no es más ni menos que el Papa que ha demostrado, ya sea como Jorge Bergoglio ya sea como Francisco, una enorme capacidad para moverse táctica y estratégicamente.

Si a lo anteriormente dicho se suma la experiencia y la habilidad del cardenal italiano Matteo Zuppi, arzobispo de Bolonia y presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, hombre que ha dado muestras de su capacidad negociadora en varios escenarios internacionales, no queda sino atender a las explicaciones dadas por las partes después de la visita del italiano a Moscú. La misión del comisionado papal para buscar un acercamiento y una eventual paz entre Rusia y Ucrania no parece haber sido en vano. Zuppi se encontró con el patriarca Kirill y el comunicado posterior de los ortodoxos rusos sostuvo que “las iglesias pueden servir a la causa de la paz y la justicia a través de los esfuerzos conjuntos”. El portavoz del gobierno ruso, Dmitry Peskov, dijo que no se había alcanzado ninguna “decisión o acuerdo concreto” pero que las partes “intercambiaron puntos de vista e información sobre cuestiones humanitarias en el contexto de los asuntos de Ucrania”. El obispo católico de Moscú, Paolo Pezzi, afirmó que «se abrió un canal de diálogo y hay voluntad de continuar el camino. Esto no era una realidad antes del viaje del cardenal Zuppi”, subrayó.

La Santa Sede sostiene que «los resultados de la visita se pondrán en conocimiento del Santo Padre, en vista de los pasos a seguir, tanto a nivel humanitario y en la búsqueda de caminos hacia la paz». Por el momento se espera que, ya en Roma, Zuppi informe al papa Francisco de lo realizado y de los posibles avances. Ambos decidirán entonces sobre los próximos pasos a dar y determinarán la estrategia de la negociación. A través de su presidente, Marco Impagliazzo, la Comunidad de Sant’Egidio -que colabora con Zuppi en esta tarea- afirma que «es la primera misión, se necesita mucha paciencia” y que “la paz no se consigue con una reunión, porque no estamos en el supermercado donde compras algo».

Por ahora todos hablan de «iniciativas humanitarias que pueden facilitar una solución pacífica«. Varias son las alternativas. Todas ellas siguen involucrando al delegado papal en primera instancia, pero no están tampoco cerradas las posibilidades de un diálogo directo entre el papa Francisco y el patriarca Kirill. Jorge Bergoglio se había negado a esa posibilidad ante la actitud claramente intransigente del patriarca ortodoxo y su apoyo incondicional a Putin. Mucho más lejos aparece en el escenario de intercambio directo de Francisco con Putin, tal como se dio en la visita del presidente ucraniano Volodímir Zelenski a Roma, si bien tampoco en esa ocasión surgieron indicios de que se estaba más cerca de la paz.

En Moscú no se habló de un encuentro de Putin y Bergoglio, pero sí se tendieron puentes para el diálogo entre Kirill y Francisco en su condición de líderes religiosos.

En Roma se leyeron muy positivamente las declaraciones del canciller ruso, Serghei Lavrov, conocidas después del viaje a Zuppi a la capital rusa. Entre las prioridades que el italiano llevaba en su cartera se incluía lo relativo a los niños ucranianos llevados a Rusia en los primeros días de la guerra. Lavrov admitió la apertura de una investigación para conocer “la verdad” sobre los niños “evacuados” según lo consignó la agencia TASS. También mencionó la posibilidad de que quienes lo soliciten puedan regresar a Ucrania. Si bien Moscú no vincula de manera expresa lo anterior con la visita de Zuppi y tampoco la posibilidad de fortalecer el “corredor” verde para llevar granos y cereales de Ucrania a Africa, el asesor de Putin, Yuri Ushakov, quien se reunió dos veces con el cardenal italiano, manifestó un «gran aprecio» por la posición «equilibrada e imparcial» del Vaticano, destacando que la misión ha mostrado voluntad de despolitizar la solución a los problemas humanitarios.

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